Un anhelo de todos los padres es que sus hijos logren armar un vínculo seguro y confiado con el entorno, que alcancen esa íntima confianza de que hay un adulto (mamá o papá) disponible para comprender sus necesidades, calmar sus ansiedades y preocupaciones, para cuidarlo, atenderlo y entenderlo. La teoría del apego nos muestra el camino. Desde esa confianza el niño puede alejarse y aventurarse al mundo, sabiendo que a la vuelta va a encontrar a esa persona disponible para recibirlo y ayudarlo en lo que pueda necesitar.
Esa confianza que el niño adquiere con sus padres es trascendental, porque luego se traslada al entorno y a los vínculos humanos en general; y también se internaliza. Así, el niño puede crecer con toda su energía puesta en explorar, divertirse, aprender, establecer nuevas relaciones, jugar, sin tener que usar esa energía para protegerse de un mundo y de otros no confiables.
El vínculo de apego se construye de a poco en el intercambio diario y continuo entre el cuidador (habitualmente los padres) y el niño. La cercanía física de los padres se combina con su disponibilidad, con la sintonía emocional y la empatía, con miradas, estimulación, juego, comunicación, buenos cuidados, llevando a un vínculo día a día más rico, placentero, nutricio, amoroso, confiable.
Los encuentros, las miradas, las vocalizaciones, esa danza compartida entre cuidador y niño, tienen una gran potencia. Cuando el bebé siente que sus acciones generan respuestas, insiste en ellas; y para los padres acertar en lo que él necesita o propone es altamente motivante y placentero.